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Bruna Truffa
Arica, Chile · 1963










Soy artista visual, soy chilena, soy mestiza. Nací en el desierto, habité el borde. Viví la frontera, lo que en mi memoria se asoma como ese lugar cálido donde crecí. El intercambio cultural y racial de esas latitudes siempre fueron parte de mi vida cotidiana.
Nacer en el desierto dejó una marca en mis gustos, mis sabores y mi carácter. Nací en una ciudad fronteriza, justo en ese lugar de la inflexión del Cono Sur, la Curva de Arica. Aquel rincón de Chile cercado entre el desierto, el morro y el mar, atravesado por dos valles, Azapa y Lluta, me brindaron la sensación de crecer en un oasis. Toques verdes de gracia, flores y frutas coloridas rompían la monotonía de los tonos marrones de la polvorienta tierra, “la Chusca”, en los valles y en la costa, arenosa conchuela molida blanquizca o grisácea. En frente a mis ojos, el horizonte, celeste verdoso, el mar cercano o distante pero siempre el mar.
Crecí en ese lugar de tránsito, tráfico fronterizo y cultural

Entre la influencia peruana, boliviana, aymara y quechua, fuertemente arraigados en las música, el huaino, las diabladas, los bombos y los vientos que se escuchaban constantes sonando en algún lado de la ciudad; los chifas, el arroz chaufa, el ceviche, el picante de camarones, las ferias, los aguayos, el trapicheo; el chacchado de coca, el té negro con hier ba luisa, clavo y canela, la chancaca, los tomates rojos todo el año, los tumbos, el maracuyá, los dulces y perfumados mangos de Pica.
Pasé largos tiempos de mi infancia en Azapa, en Sobraya, entre la Quebrada del Diablo y la Puntilla de Cabusa, zona árida y fértil, que se encuentra al interior del valle profundo. Pedazo que mi padre con empeño le ganó al desierto, transformando esa tierra chusca, polvorienta y blanquecina, en un vergel.
Veranos de calor entre los tomatales, las líneas de hortalizas, pepinos, pimientos y lechugas costinas. Yo jugaba buscando la sombra bajo el olivar, rodeada por niños andinos, de ojos rasgados, abundantes cabellos oscuros, brillantes y piel dorada, curtida por el sol. Compañeros de infancia que ponían una ramita de ruda tras su oreja para espantar el calor; comían papa, chuño y charqui casi a diario, criaban chivos, ovejas, gallinas y pavos como animales domésticos.

Los atardeceres en el campo eran de recolectar: palos, cortezas y ramas de olivo...
Luego apilarlos en un gran cerro de intrincadas formas enmarañadas que se sentía enorme. Entrada la noche, nuestro ritual: encendíamos la gran fogata, el fuego alto se erguía en el cielo ya oscuro, iluminando nuestros rostros de asombro, cautivos y extasiados.
Entre las brasas, la huatia con camotes y choclos recién cosechados que salían ardientes, para ser devorados por la manada de esas humeantes bocas de niños descalzos
Crecí cerca de las culturas andinas que habitan esa tierra seca y llena de contrastes. Soy contadora de historias que a través del lenguaje visual toman formas diversas; cada trabajo que exploro es una compilación de relatos, un universo múltiple cargado de cruces que habito desde adentro y que dejan su huella en cada pieza, cada pincelada.
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